¿El ser humano siempre ha sido tal y como lo conocemos? ¿Qué relación ha tenido con los demás animales? ¿Cuándo se produjo el proceso que hoy conocemos como domesticación?

Desde hace 10.000 años aproximadamente, el Homo Sapiens “campa a sus anchas” en la Tierra como único en su género, pero esto no fue siempre así.

 

Durante miles de años, nuestros predecesores, formaban parte de un hábitat compartido con los demás animales sin que hubiera diferencias notables en su forma de vida. Recolectores, principalmente, y en menor medida cazadores, se organizaban en pequeños grupos y se fusionaban con la naturaleza y el entorno, convirtiéndose en presas de otros animales también;

“Nadie, y mucho menos los propios humanos, tenían ningún atisbo de que sus descendientes caminarían un día sobre la Luna, dividirían el átomo, desentrañarían el código genético y escribirían libros de historia. Lo más importante que hay que saber acerca de los prehistóricos es que eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas” (Harari, 2015)

Al contrario de lo que recordamos cuando íbamos a la escuela y estudiábamos el origen del hombre como una sucesión de etapas en las que el género homo iba desarrollándose de forma lineal – todos recordamos esos nombres tan extraños como australopithecuserectus o neandertal, entre otros –, lo cierto es que, convivieron como mínimo seis homo diferentes al mismo tiempo[1].

Pero, si convivían diferentes homo tal y como lo hacen animales del mismo género actualmente, ¿qué sucedió para que el homo sapiens se quedara solo, como único ser humano en el planeta?

Existen dos grandes teorías al respecto, aunque una de ellas, por tener más respaldo arqueológico y ser más políticamente correcta, ha adquirido mayor peso en la comunidad científica.

La hipótesis multirregional o de continuidad sugiere que homo sapiens al extenderse en territorio y llegar donde habitaban otros homo, contribuyó a que se reprodujeran entre ellos y pudieran verse fusionadas las poblaciones. Por tanto, los humanos modernos no seríamos sapiens puros.

Por otra parte, y es la más respaldada, la hipótesis de sustitución u Out of Africa, que básicamente nos explica que los humanos más modernos aniquilaron a las demás poblaciones en parte, y los que quedaron, sufrieron las consecuencias de una mala adaptación, muriendo y desapareciendo debido a los cambios climáticos, enfermedades o hambrunas. La teoría de la sustitución alude a que los sapiens presentaban en ese momento diferencias cognitivas, sociales y físicas respecto a los demás humanos, y debido a esto, parece que en raras ocasiones pudieron tener descendencia fértil con ellos.

Como no podía ser menos, las hipótesis se entremezclan y recientes investigaciones sugieren que el ADN del humano moderno contiene un porcentaje de otros homo (Reich, 2010). “No sabemos si el entrecruzamiento se produjo solo una vez por la mezcla de un grupo de neandertales con los humanos modernos, y no volvió a ocurrir, o si ambos grupos vivieron uno junto al otro y se entrecruzaron durante un período prolongado” (Slatkin, 2010)

Se baraja la hipótesis de que la relación entre sapiens y otros humanos no era tolerante, sino que la competencia en recursos y territorio, las diferencias anteriormente citadas y la mejora tecnológica y social de los sapiens fueron las causas de conflictos y guerras entre ellos, empujando los sapiens a la extinción de los demás homo.

Parece que, tal y como llegaba el sapiens a un nuevo territorio, la población que allí habitaba se extinguía…

Los cambios morfológicos, la revolución cognitiva del ser humano, las hipótesis sobre cómo conquistó la Tierra, y los cambios que produjo todo esto en su relación con el entorno y los animales, las iremos viendo en siguientes publicaciones.

La aparición del pensamiento simbólico y la comunicación entre grandes grupos es de gran importancia para lo que estaba por venir.

Pero ahora, vamos a centrarnos en su relación con otros animales y de cómo el hombre pasó de ser uno más en un ecosistema dominado por el equilibrio entre especies, lo que en el título he denominado “Jardín del Edén”, –que ni mucho menos era un entorno propicio para el humano, sino una tierra hostil donde primaba la lucha por la supervivencia de todas las especies por igual-, a convertirse en la especie dominante y explotadora sobre los demás organismos vivos.

Como decía anteriormente, las sociedades primitivas, que representaban las primeras formas de organización social, basaban su forma de vida en la recolección y la caza para subsistir. Como esta práctica constituye una forma de reducción de recursos en el entorno en el que el grupo se instala, eran nómadas o seminómadas.

El ser humano se desplazaba de territorio cuando los recursos estaban próximos a agotarse o cuando los depredadores del hombre, además de competir en recursos, eran una amenaza para su grupo y la seguridad no estaba garantizada. La velocidad en la que estos recursos desaparecían se debía, principalmente, al tamaño del grupo o a que el clima no fuera adecuado para su subsistencia. Como este tipo de vida no es compatible con la acumulación de bienes, estas sociedades eran bastante igualitarias.

Este apunte, nos servirá para conectar en otras publicaciones con los derechos y su repercusión en la historia, tanto de seres humanos como de animales.

Y llegó la revolución agrícola, el Neolítico[2], hace aproximadamente 12000 años, donde nuestros ancestros se asentaron, llevando una forma de vida que se basó en la explotación de plantas y animales, hecho que aumentó la producción, facilitó el asentamiento, cambió la relación social del grupo y le permitió al ser humano iniciar el proceso de civilización, aunque como señalan algunos autores, también inició el proceso de esclavización (Wells, 1971).

 

Alicia González

 

Este hecho, evidentemente, no es un paso inmediato, sino que tienen que pasar miles de años desde el ser humano nómada o seminómada, que se comporta como muchos otros animales, hasta que se asienta y organiza su economía en relación a la propiedad de bienes.

Durante esta transición, sabemos que al menos el perro, el animal más antiguo domesticado, ya convivía con el hombre, incluso antes de la revolución neolítica.

Pero, ¿qué es la domesticación?

Existen numerosas definiciones sobre domesticación, pero podemos quedarnos con la de la arqueozoóloga británica Clutton-Brock (1999) que comenta,

la domesticación es el proceso de cambio genético por el que una especie animal es absorbida por la sociedad humana. La especie domesticada vive una relación con el ser humano de simbiosis/explotación y pierde el contacto con su ancestro salvaje”.

Según Clutton-Brock, una especie de mamífero sólo puede convertirse en doméstica si es capaz de adaptarse a vivir y reproducirse, aislada dentro del sistema social humano; esto significa que de forma natural debe conformarse aproximadamente al mismo tipo de sociedad.

La domesticación es fundamentalmente diferente a lo que podemos denominar como doma, en la cual el animal únicamente está habituado a la presencia humana, pero no existe un cambio genético evidente. La domesticación altera las características genéticas (y morfológicas) de una población reproductora y, a diferencia de la doma, estos cambios son hereditarios. (Coppinger et al., 2009)

Sin embargo, cuanto más sabemos sobre nuestra relación con los animales, más conceptos interesantes se advierten, que iremos desentrañando poco a poco.

Hay una clara diferenciación en cuanto a nuestro tratamiento hacia ellos al llegar el neolítico, de igual forma que aparece en el grupo social humano una relación de poder nunca antes vista debido a los cambios en la economía producidos en ese momento. Se produce el inicio de la esclavización y sometimiento tanto de humanos como de otros seres vivos.

Hablemos del perro más extensamente, ya que fue el primer animal del cual se tiene constancia, e inició una relación de conveniencia con el ser humano previamente a su domesticación.[3]

Las hipótesis más aceptadas sobre la domesticación del perro hasta ahora podemos resumirlas de la siguiente forma;

El lobo y el perro actuales descienden de un antepasado común, un lobo del paleolítico ya extinto. Se produjo un descenso significativo de población tanto de lobos como de perros al producirse un cuello de botella, que favoreció la reducción en la divergencia genética. Esto sucedía hace unos 33.000 años.

A grandes rasgos, se distingue en dos fases el proceso de domesticación del perro;

Fase pasiva o de selección natural; La mayoría de los expertos creen que el perro se domesticó a sí mismo. Los primeros humanos desechaban cadáveres provenientes de la caza y quedaban en los márgenes del campamento, donde algunos lobos se atrevían a acercarse, eran los que tenían una mejor predisposición a la mansedumbre. Éstos, sobrevivieron más tiempo debido a la obtención de recursos más abundantes y tuvieron más crías, en un proceso que, generación tras generación, produjo animales más dóciles que finalmente se vincularon al hombre y comían de su mano.

El gen de amilasa, que ayuda a digerir el almidón, parece ser clave en el proceso de domesticación ya que los perros primitivos se adaptaron a la dieta del ser humano gracias a este gen. En los lobos y en otros cánidos que no tuvieron tanto contacto con sociedades agrícolas como el dingo, está presente en menor cantidad.

Hay evidencias bastante fiables de que el proceso de domesticación se produjera cuando el hombre aún era cazador-recolector en Asia y que el lobo ya doméstico (protoperro), lo acompañara durante las primeras migraciones mezclándose y dispersándose por todo el mundo. Según estas hipótesis, el proceso de domesticación no se expresa desde la perspectiva socioeconómica, sino que se entiende como una extensión del uso de herramientas (Pat Shipman, 2014)

Independientemente de donde ocurrió la domesticación del lobo, el vínculo interespecífico entre los perros tempranos y los humanos fue probablemente lo suficientemente holgado como para permitir a los perros formar asociaciones transitorias con los lobos grises locales” (Anderson et al., 2009; Randi, 2008; Vilà and Wyne, 1999; Vilà et al., 2005)

Las migraciones del ser humano tras la última glaciación pueden haber contribuido a este hecho y esta unión permitió la hibridación de los primeros perros con lobos e incluso algún otro cánido, enriqueciendo el genoma en las fases tempranas de domesticación y creando nuevas variantes genéticas y fenotípicas. Aunque algunos autores consideran que no fue un proceso único en relación al lugar, el momento y la forma en qué se originó.

Fase activa o de selección artificial. Una vez que nuestros antepasados se dieron cuenta de la utilidad de estos animales, se inició la segunda fase de domesticación, probablemente en el inicio de la revolución neolítica, hace 12.000 años. Se inicia la cría selectiva de estos primeros caninos para hacerlos mejores cazadores, pastores o más fáciles de entrenar, parece que con la intención de usarlos para diferentes tareas y controlar capacidades específicas. En un estudio reciente, a través del análisis de fósiles de perros y lobos, se ha puesto de manifiesto el aplastamiento de las puntas en las vértebras dorsales de perros arcaicos que sugiere que los animales pudieron haber transportado paquetes pesados en su espalda. El equipo también ha encontrado evidencias de la falta de molares cerca de la parte posterior que puede indicar la presencia de algún tipo de brida para tirar de los carros.

 

¿Y qué pasó con los demás animales? ¿También se domesticaron en esa época?

A pesar de lo que podamos pensar, la domesticación de plantas y animales no es una cuestión de pocos años, sino que se produjo en muchos casos de manera aleatoria, fue un proceso de varios milenios y parece que bastante generalizado y no tan focalizado como se creía hasta ahora. Fue un largo proceso de relaciones entre plantas, animales y humanos (Larson & Piperno, 2014)

Alicia González

 

Esta hipótesis, viene respaldada por varios motivos, ya que las pruebas de ADN y los hallazgos arqueológicos que la comunidad científica ha realizado durante estos últimos años, así lo corroboran. No sólo eso, sino que la tendencia a creer que el ser humano tuvo una intencionalidad primigenia en la domesticación de los animales no se sostiene del todo, ya que es más plausible que este hecho se hubiera ido modelando durante estos milenios a raíz de la propia intervención de los animales al encontrar una fuente de recursos cerca de los campamentos y los humanos aprovecharan en un momento dado dicha circunstancia para su propio beneficio, pero no siempre ni en cualquier lugar.

 

El pensamiento antropocéntrico del ser humano nos ha llevado a pensar sobre los hallazgos obtenidos, en demasiadas ocasiones y durante mucho tiempo, con perspectivas erróneas en diferentes ámbitos científicos, y puede, que la creencia de tener el control sobre todo el proceso de domesticación, haya sido una de ellas.

En esta línea hemos visto la evolución del perro y, a su vez, encontramos teorías como la de Carlos A. Driscoll y su equipo o las de otros científicos que, a través de diferentes hallazgos como el de Chipre en 2004, les lleva a afirmar que los primeros gatos domésticos no se establecieron durante la edad del Antiguo Egipcio tal y como se creía hasta hace poco, sino que en los primeros asentamientos con el origen de la agricultura, establecieron contacto con el ser humano e incluso convivían con él atraídos por la acumulación de ratones, ya que éstos a su vez, llegaban a los asentamientos debido a la acumulación de cereales como el mijo o la cebada.

Hay mucha diferencia en el tiempo y el lugar con respecto a la domesticación de las diferentes especies y, en muchos casos, el cruzamiento con animales salvajes se ha producido reiteradamente. Aún hoy en día existen grupos que se dedican a estas prácticas con la intención de realizar “mejoras” en el animal doméstico.

Con respecto a lo que hoy definimos como animales de granja o producción, parece que el inicio de su domesticación también pasó por una serie de fases en las que el ser humano, aún nómada, en territorios o condiciones climáticas que favorecían la abundancia de animales para consumo, mantenían algunos de ellos vivos apresándolos sin matarlos para evitar que se pudriera la carne provocando enfermedades, y los desplazaban junto a ellos en sus movimientos migratorios, iniciando con esta práctica, la transhumancia o el pastoreo. Debido a que este tipo de animales se consumían mayoritariamente, la domesticación no llegó hasta muy entrado el neolítico, donde empezaron a reproducirlos y controlar su producción de forma consciente a partir de los nuevos cambios socioeconómicos producidos.

El proceso de cambio tan enorme en las sociedades humanas en diferentes lugares de la Tierra, que se realizó durante unos pocos miles de años, empujados por la revolución cognitiva del hombre que tuvo lugar hace aproximadamente 70.000 años, tuvo un desarrollo tecnológico y social que se materializó finalmente en la siguiente revolución, la neolítica, y fue muy rápido si lo comparamos con los miles de años en los que el ser humano en todas sus formas de desarrollo, ya separado genéticamente de los demás primates, se dedicó a recolectar y cazar exclusivamente.

Aún con todo lo que sabemos hoy en día, no debemos olvidar que nos debemos a la humildad, porque a medida que investigaciones de todo tipo avanzan, nos hacen reconocer las “meteduras de pata” que hemos dado gracias o, a pesar, de nuestro ego, al establecer las teorías del origen de la historia.

Alicia González

Nuestro camino como sociedad, plantea diversas cuestiones interesantes en relación a nuestra evolución y al futuro que está por llegar. ¿Es nuestro comportamiento hoy en día semejante al de cualquier depredador o nos comportamos de forma similar a otros organismos vivos como los insectos, donde la sobrepoblación y la explotación nos describe de forma más exacta con la definición de plaga? ¿Hay comparativa posible o, en el momento en que empezamos a controlar la producción, dejamos de ser parte de un todo y salimos del nicho ecológico para convertirnos en agente de cambio?

 

Y, en relación a los demás seres vivos, ¿es el ser humano desde que nace empático y altruista o, al contrario, un ser egoísta? ¿Qué llevamos implícito en nuestros genes y qué nos aporta la cultura? ¿Nuestra relación con otros seres vivos está justificada de alguna forma?

El próximo artículo, titulado “La Torre de Babel”, está destinado a describir las diferencias comunicativas con respecto a otros animales y cómo la revolución cognitiva que se produjo en el ser humano hace unos 70000 años, nos distanció de las demás especies.

Eva Quiñones Cubero
CEO Educanimals

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Bibliografía

 

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[1] El Instituto Max Planck en Leipzig es uno de los más activos en investigación a este respecto.

[2] Término acuñado por Lubbock en 1865

[3] En el caso del perro, se ha creado un comité internacional que se gestiona desde Oxford, para unificar estudios y datos biológicos y arqueológicos, con la intención de avanzar en este campo, a la cabeza del cual se encuentra Greger Larson.